Son los cambios, querida, los cambios

Pequeña epifanía en el bus

El amor no murió cuando te fuiste. Murió aquella noche, entre abrazos y gritos de placer. No aguantó más la tristeza causada por la inminente distancia. Por el inevitable adiós.

Algún día las letras llegarán a donde quiero y con quien quiero, de alguna manera. Algún día.

dejar ir

Por enésima vez, necesito convencer a mi mente (y al corazón de paso) de que lo que fue sí ocurrió y de que no va a volver a ocurrir, pero entonces debo dejar de desear caminar en el frío que congelaba las puntas de los dedos, buscar en todas las tiendas los ingredientes que se me ocurría pudieran gustarte. Debo dejar de escuchar la música que escuchaba en esos momentos, dejar de desear verte otra vez al volver a casa, que no era hogar, como querías que lo fuera. Pero ¿podría haber llegado a serlo? No el mío. No el nuestro. Y aún así, con el corazón en la mano y las verduras en la olla, te cocinaba, te cociné y te cocinaría, simplemente porque te amaba. Pero volvamos al frío, a las puntas de los dedos que se congelaban a pesar de los guantes, a las ráfagas de viento que quemaban la cara, a la ciudad de piedra, congelada en el pasado que no era mío y que probablemente no lo será. Volvamos a ti, que deacubrí poco a poco no eras mía y probablemente nunca lo serás.

Sin título

Mi corazón dividido en tres. La primera: me he resignado. Ya no es enojo lo que siento, sino apenas una profunda tristeza incipiente (por suerte) que ocupa la parte más grande (la segunda) del corazón. La otra parte es agradecimiento por todo lo vivido en compañía tuya.
Sin hacer divisiones y no tan específicamente: sé que esto no es el final, pero por ahora no se puede seguir.
Te quiero.

Sin título

El día que te fuiste la ciudad siguió igual, el cielo siguió igual, el sol comenzaba a calentar con ligereza primaveral e incluso yo seguía igual. El romper iba más allá de lo físico. Los edificios no sienten, el sol no siente, o por lo menos no siente de la msima manera que yo.
Y el tiempo pasó, fue apenas el suficiente para que el día de hoy se acabara ese jabón que compramos juntos, mi cepillo de dientes está gastado y las cerdas están felizmente en desorden. Las cosas no sienten, se desgastan pero no sienten. Y yo hoy un grado más. Me desgasto sintiendo.

siento

La tristeza generada por tu ausencia, que inunda lo que queda de mí no me deja pensar, sólo sentir. Quizá fue por eso que todo funcionó hace un año, yo era puro sentimiento, incluyendo bastante tristeza, o sea que sentía todo; con el paso del tiempo eso cambió: la tristeza se fue y lo que sentí era amor, un amor que tenía tu nombre. Y que te hayas ido no significa que ese sentimiento se haya ido, sólo que ahora comparte el espacio con una nueva tristeza. El amor aún se llama tú. El amor lo siento. Siento.

La petite mort

busquemos a la muerte querida
a esa muerte pequeña
que los franceses
tanto añoraban

busquemos en el fondo de cada pliegue
de cada poro
en lo más profundo
de tu mar ardiente

y allí empapados
perdidos en el oleaje
de besos
           y caricias
                        dulces

dejemos la búsqueda
que si quiere ella nos busque

y que se muera
al vernos
apenas listos
para empezar la búsqueda
de nuevo

Aviones

El aroma a encerrado que vence a cualquier otro, excepto al de la comida que dan en cada vuelo. Sandwich de jamón con algo que podría ser queso. A veces creo que ese aroma tienen las nubes y el Cielo, el que va con mayúscula y que significa que el avión falló y estás muerto. Eso si fuiste bueno y eres creyente, si no, el olor solamente te sirve de recordatorio del infierno de la realidad.

¿Qué habrían hecho los que inventaron el Reino de los cielos si hubiesen podido montarse en un avión (olor a sándwich) y ver que allá arriba sólo hay nubes? ¿Habrían seguido viendo hacia el cielo, pensando que algún dios (sí, con minúsculas) se hallaba sobre sus cabezas, o se hubieran conformado con amar lo terrenal?

Autobús

Mientras la miras a través del vidrio que la enmarca, amándola por completo y ella amándote completamente, te das cuenta, pocos segundos antes de partir a lo desconocido, de que siempre tendrás a dónde -o mejor dicho - a quién volver.