Vuelvo a escribir, esta vez no para quejarme sobre amores pasados o futuros (para no decir inexistentes). Creo que si este blog pudiera tener una esencia, esa esencia sería la impermanencia, o sea, todo cambia; eso es parte de la belleza de la vida, que por más que intentemos aferrarnos a algo, se va, a veces lentamente, a veces demasiado rápidamente, pero se va. Y bueno, digo esto por dos razones: la primera razón es que así pasa también con los amores, que es el tema más común en el blog. La segunda razón es que pasa así también con los espacios.
No tienen mucha relación las dos, por suerte lo que intento hacer aquí es solamente plasmar ideas, si no, estaría jodido para comparar a los amores con los espacios.
En fin, después de esta pequeña introducción explico un poquito de lo que me llevó a escribir esta nota.
Amo esta ciudad, me encanta D.F. me parece una ciudad que puede no siempre ser bonita, pero es hermosa (¡tómenla amantes de las palabras, puedo diferenciar entre algo bonito y algo hermoso!). Me encantan las calles, que han sido poco planeadas, o muy planeadas pero la planeación no sirve de un carajo cuando se llega a las calles no planeadas. Me encantan también los edificios, cada área de la ciudad tiene una personalidad (nuevamente, puede no ser bonito) gracias a sus construcciones. Me encanta ver cómo cambia y cómo ha cambiado con el paso de los años. Me gusta ver o escuchar que hace varias décadas en Polanco hubieron sembradíos, cómo el Pedregal de San Ángel de verdad sólo eran piedras y pasto, cómo el centro tenía un tranvía y cómo periférico existió por mucho tiempo con un solo piso.
Sin embargo, muchas de esas cosas cambiaron, o fueron construidas antes de que yo estuviera aquí (en este mundo, quiero decir), desde que soy niño las recuerdo así. Excepto periférico que cambió hace relativamente poco. Dentro de los recuerdos infantiles, está el paisaje de la salida de DF que lleva al Estado de México, a través del periférico norte, en el cual siempre estuvo el famoso Toreo de cuatro caminos. Esa cúpula gris y un tanto monótona era parte importante de mi paisaje de cada fin de semana, cuando visitábamos a mis abuelos.
De hecho, fue justamente ayer que me di cuenta de eso, y de que el cambio, ahora que el Toreo ya no está, es más grande que solamente mis recuerdos, o mi vista del paisaje. Hay una estación de metro de la cuál el Toreo es ícono; la gente le llama "Metro toreo" aunque ese no sea el nombre oficial. Los cambios, pues, aunque están en el paisaje, afectarán a futuras generaciones (si las hay), probablemente, si tengo hijos, preguntarán por qué "metro toreo" se llama así. Habrá que buscar fotos.
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